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22 Junio 2017

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Historia Familiar

De la antártica al municipio penquista

Los Van Rysselberghe, belgas dignos de novela de aventuras

La historia local del clan belga parte en 1905, cuando la familia se instala en Concepción. Hoy son más de 60 los involucrados en un relato que se inició con hielo y dinamita.- Por Gretel Dettwiler Rodríguez. –

El Sur – Concepción, 17 de enero de 2008. Con los antecedentes en la mano, se entiende el por qué del coraje y carácter decidido de la alcaldesa de Concepción. Los avatares de los van Rysselberghe antes de radicarse en Chile parecen sacados de una película de aventuras donde nada falta: riesgo, romance, suspenso y, por supuesto, una buena dosis de humor.

El primer integrante del clan penquista que pisó territorio nacional lo hizo a fines del siglo XIX. Max van Rysselberghe, un ingeniero que no alcanzaba aún los 20 años, se embarcó en su Bélgica natal en una expedición científica que tenía como meta el fin del mundo: la Antártica. Dicho viaje duraría seis meses, lo que en esos años no era demasiado, dado la velocidad de las embarcaciones.

El buque de madera con tres mástiles y motor a carbón atravesó el océano con éxito. Cargó combustible en Brasil y, sin tropiezos llegó a su destino. Pero la estadía en los hielos eternos se prolongó nada menos que por dos años. “Comían foca”, cuenta aún con asombro la alcaldesa de Concepción, Jacqueline van Rysselberghe Herrera, bisnieta del navegante aventurero. “y la foca tenía gusto a grasa de automóvil”, apunta risueño Enrique van Rysselberghe Varela, ex diputado y padre de Jacqueline.

La expedición debió congelar sus planes de volver a Europa el primer año de fría estadía, cuando el “calor” veraniego fue incapaz de romper el hielo que aprisionaba al buque.

Cuando pasaron otros doce meses fue Max van Rysselberghe quien con dinamita abrió paso a la embarcación de hombres dados por muertos en su tierra natal.

Las arduas horas de trabajo rindieron fruto a pesar de los vendavales que acecharon a los navegantes que, a punta de explosiones, regresaron a Bélgica.

De vuelta de la mano de una mujer

Así Max –hijo de Françoise van Rysselberghe, el belga que creó la telegrafía sin hilo a la par que Bell inventaba el teléfono-, al fin se reunió con su familia, luego de haber pisado tierra chilena en Punta Arenas. Respecto del aporte realizado por su bisabuelo a la historia de las comunicaciones, Enrique acota que aún conserva el documento en que el rey de Bélgica agradeció el atípico regalo.

Fue de regreso en su tierra que Max conoció a Isabel Martínez, hija de quien en esa época era ministro chileno de Obras Públicas, Valentín Martínez. El ex personero de gobierno y su familia habían emigrado a Bélgica producto del golpe de Estado ocurrido en aquellos años en Chile.

Max e Isabel contrajeron matrimonio en Europa. A pesar de la mala pasada que el país le había jugado, el ingeniero belga se aventuró por segunda vez a estas tierras en 1905. Aquí, Max se hizo cargo de los planos reguladores de varias localidades aledañas a Santiago y Valparaíso, pero por decisión del destino vino a parar a Concepción.

En la zona había una batahola inmensa en la Compañía de Ferrocarriles, así es que el extranjero se hizo cargo de la maestranza de Concepción. En el intertanto nacieron sus cuatro hijos: Lidia, Ivonne, Enrique – que se recuerda como “el realizador”- y Daniel.

Fue acá donde Enrique se casó con Julieta Varela Santa María, “una santa”, como hoy la recuerda la alcaldesa. Enrique van Rysselberghe Martínez inició su vida laboral en el municipio: fue el director de obras antes del terremoto de 1939. Gracias a su fértil imaginación, por mérito propio se dedicó a la construcción y alcanzó renombre en la ciudad que aún resguarda algunas de sus creaciones.

Mientras, su aventurero padre jubilaba de su trabajo en Ferrocarriles y adquiría el Valle de Lonco. Con su innata inquietud inmediatamente descubrió utilidad a su recién adquirida propiedad. Si le suena Cantera Lonco, sabrá que se dedicó a explotar las piedras, con que abastecía a ferrocarriles.

Max se radicó con la familia de su tercer retoño, pero la vivienda de los van Rysselberghe fue destruida por un incendio. Enrique también solucionó ese problema, pues construyó una casa, que sumó años de eternas modificaciones a gusto de su inquieto dueño.

Si cree que se trataba de una vivienda tradicional, se equivoca. A esas alturas Enrique ya estaba casado con Julieta Varela y sus hijos eran cuatro (Javier, Enrique, Ivonne y Astrid). Con su genio creativo- probablemente heredado de ese abuelo inventor-, incluso instaló un muro que se deslizaba de arriba abajo en el salón principal de la vivienda, para ampliar y disminuir al antojo de los dueños de casa el salón. Así de ingenioso. “Recuerdo que el living era tan grande, que yo de chica paseaba ahí en bicicleta” comenta la alcaldesa.

“A mediados de los 60 llegó una delegación de gente a la casa a pedirle a mi papá que fuera candidato a alcalde”, recuerda Enrique van Rysselberghe Varela. A pesar de la oposición de su esposa, quien años más tarde se convertiría en “el realizador” presentó su candidatura independiente al municipio. Contra los pronósticos de los partidos políticos, arrasó en las urnas y resultó elegido regidor. La elección interna entregó el sillón municipal a Guillermo Aste Pérez y el cargo de Primer Regidor al abuelo de la alcaldesa penquista.

Ampliación de Barros

Más de alguna anécdota guarda la ciudad de las aventuras del primer regidor, que subrogaba al jefe municipal cuando éste no estaba en la ciudad. “En un viaje de Aste, mi papá decidió ampliar Barros Arana a su manera, porque era necesario. Me mandó a mí con unos 20 viejos a picar la calle, para que cuando llegara Guillermo no quedara otra que hacerla de nuevo. Nos resultó el plan, pero a Aste se le cayó el pelo”, confidencia Enrique hijo.

Para que los retoños no se fueran de su lado, armó departamentos dentro de su enorme casa. “Mi abuelo era el gran patriarca, que incluso contestaba cartas a los pololos de quien fuera necesario”. Claramente, la abuela Julieta era una santa, detalla Jacqueline. De la descendencia de Enrique hijo, quien se casó con María Norma Herrera y fue diputado hasta 2002, la alcaldesa es la mayor. El matrimonio se conoció en Santiago, mientras él estudiaba Arquitectura. Tuvieron cinco hijos, pero como los primos sumaban 13, lo pasaban estupendo en el jardín de la casona.

El gusto por la política

Hoy el clan suma alrededor de 60 van Rysselberghe de Chile. Jacqueline, Michelle, Karen, Enrique y Cristian aportan con 11 retoños, “de los cuales la señora alcaldesa aporta más del 50 por ciento”, bromea su padre. En cuanto a su exitosa carrera política, la jefa municipal de Concepción confiesa que en casa no es tema. “Mi mamá, hasta hace muy poco, casi se moría. Todavía apaga la tele y pide que después le cuenten” relata la alcaldesa. El gusto por la política lo heredó también Enrique, el penúltimo de los hermanos, quién es concejal. El clan  sigue en Concepción, a excepción de algunas ramas radicadas en Santiago y Linares.

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